PERTENECER
Dicen que si te asomas al abismo, corres el riesgo de que este te devuelva la mirada o te sientas tentado de saltar. Ser adolescente consiste, en cierto modo, en probar a diario con la esperanza de lo primero, sin tener miedo a lo segundo. El cerebro adulto se revuelve contra ello, incapaz de comprender que se puedan jugar la vida a cara o cruz por cualquier insignificancia con aparente indiferencia; pero solo porque olvidamos que todos actuamos igual para cubrir una necesidad humana básica: el sentido de pertenencia.
Que somos seres sociales lo hemos oído hasta el aburrimiento. Aprendemos significativamente mientras interactuamos con nuestros semejantes, nuestro cerebro se marchita si vivimos en soledad más de la cuenta y toda nuestra sociedad está muy organizadita en torno a grupos de gente. Empezamos con la familia, nos meten en centros educativos, creamos círculos de amistades y bandos en el trabajo. Tu pueblo, tu barrio, tu patria. ¿Y tú de quién eres?
En medio de todo ello, aun si tienes suerte de formar parte de un núcleo familiar positivo, llega un período crítico de nuestro camino a la madurez en el que nuestro cerebro nos dice: “esto está bien, pero es hora de ir espabilando así que toca emanciparse”. De pronto, nuestra necesidad de pertenecer ya no puede ser satisfecha en la seguridad del hogar y otorgamos una importancia extrema a otros colectivos de semejantes como los compañeros y los amigos. La sensación de ser aceptado o reconocido pasa a un primer plano y llegamos a cometer los actos más inexplicables por alcanzarla: vestir a la moda por ridícula que sea, copiar el peinado del último influencer, tomar lo mismo que el más popular del insti o subir a redes contenido como el de la celebrity más trending.
Maslow lo resaltaba con su pirámide, Adler con toda su filosofía horizontal y los Goonies con sus aventuras. Son Goku acepta a cualquiera, por malo que sea. Está estudiado, demostrado y todos pasamos por ello. Entonces, ¿por qué se lo ponemos tan difícil?
Parecen obligados a elegir entre extremos que se odian simplemente por ser “del otro”: tu equipo o el mío, izquierdas o derechas, de aquí o de allí, este dios o ese otro, mi piel o la tuya… Ahora hasta los institutos segregan por resultados. Y esa inevitable necesidad de pertenecer les lleva a posicionarse como sea, porque lo peor que puede pasar es quedarte fuera. Cuando ni por esas sienten la aceptación que buscan, acaban encontrando una nueva familia, pero de las que te absorben y cuesta salir: bandas, redes sociales, consumidores, manadas, sectas…
Al final, es elegir entre amor y odio; inclusión o rechazo. ¿Cuál quieres para tu casa, tu clase o tus amigos? Cuando mire al abismo, ¿le darás un abrazo, o un empujón?
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Por Carlos A. Bustos