EFECTO-CAUSA
Nos pierden las apariencias. Estamos programados para dictar sentencia con un primer juicio rápido sobre todo aquello que se cruce en nuestro camino. Como si nuestra ruta fuese la única válida o relevante, más un lóbrego túnel que un libre vagabundeo. Esa oscuridad esconde cómplice detalles que no queremos ver y, ya sabéis, el diablo está en los detalles.
Es cómodo avanzar por ese túnel: las firmes paredes nos evitan afrontar la disyuntiva de las encrucijadas pero, ¿qué dejamos atrás con cada inconsciente paso?
La crianza funciona así. El retoño la lía muy parda y nosotros al instante criticamos implacables su molesto comportamiento blandiendo castigos en una mano y reproches lapidarios en la otra. Cegados con esa furia justiciera, no vemos lo más importante: ¿Para qué ha hecho eso? Hasta que no hacemos por abandonar el “modo túnel” nos perdemos todo lo que hay detrás del comportamiento conflictivo de nuestras pequeñas responsabilidades. Luchamos contra el efecto sin solucionar la causa, con lo que el problema persiste y se enquista.
¿De verdad pensamos que ese potencial artista que decora el salón recién pintado con las manos llenas de salsa carbonara quiere volvernos locos de ira? Igual está pidiendo, a su manera y con sus limitados recursos, que dejemos el móvil y le prestemos atención. Porque nos necesita. ¿Creemos realmente que ese desorientado adolescente nos reta teniendo todas las de perder porque disfruta de las represalias parentales? Llámame loco, pero con las hormonas descontroladas y el cerebro en obras lo mismo nos están pidiendo ayuda. A su manera.
Claro, es más sencillo seguir inconscientes por el túnel… solos, abandonando a los demás. Yo prefiero salir al aire libre con sus cuestas, sus mosquitos y el mal tiempo; sabiendo que para encontrar las flores, el sol y las estrellas lo único que tengo que hacer es poner de mi parte: preguntar con auténtico interés, escuchar activamente, mostrar algo de empatía y respetar. En definitiva, estar ahí para ellos.
Por Carlos A. Bustos