EN SUS ZAPATOS
Un lunes cualquiera. Salió de casa dándole vueltas a la reprimenda de su padre por no haber estudiado más ese fin de semana. De camino al instituto echó un buen vistazo a sus redes sociales, donde se comparó morbosamente con las fotos saturadas de filtros de sus compañeros y pudo leer un par de mensajes hirientes, los habituales. A lo largo de la mañana, recibió alguna nota de los últimos exámenes -un 6- y a duras penas sobrevivió a una hora tras otra de contenidos a los que le costaba encontrar el atractivo. En el recreo volvió a sacar el móvil; de todas formas sus amigos también estaban (des)conectados. En la última hora levantó la mano para resolver una duda, pero la pregunta provocó la ira del “profesor”, la burla de sus iguales y la vergüenza propia.
Acabada la jornada, salió con inocente alivio hacia la extraescolar de turno, donde el entrenador le dejó claro que todavía no estaba a la altura para ser titular, que no era suficiente. De vuelta en casa, agotado y huyendo del juicio negativo materno sobre el orden en su cuarto y tras otro comentario de papá por “ese decepcionante 6 con el que no llegaría a nada”, optó por encerrarse en su habitación.
Cuando se desesperó al encontrar por sorpresa tarea extra en la plataforma virtual preferida por su tutor compuesta por un enlace que no funcionaba y dos líneas de texto con instrucciones bastante confusas dejó el cerebro en stand-by consumiendo un video tras otro. Anestesiado por la pantalla del ordenador, perdió la noción del tiempo y se acostó mal y tarde, para dormir unas pocas horas que le brindaron escaso descanso. Su cuerpo adolescente necesitaba más, pero nacía el martes y el horario no perdona.
¿Cómo le vas a hablar en el desayuno? ¿Cómo le vas a recibir en clase? ¿Vas a escucharle o a exigirle? Ese martes, ¿vas a darle la mano o tienes más de lo mismo como única oferta?
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Por Carlos A. Bustos